jueves, 8 de diciembre de 2011

Palabras jugadas

Durante estas últimas lunas, entre locuras y desparrames, el tema de las palabras, valga la redundancia, ha sido tema.  Casi en calidad de asunto crítico, nuestra incapacidad para hacer un vinculo entre nuestros sueños y divagaciones con la pluma que lo plasma en un papel o en los dedos en desesperación en una teclado, parece ser crónica. No podemos; nos damos vueltas en círculos y de nuestra garganta salen sonidos planos y sin emoción.

Aclaremos qué son las palabras comunes, para no maltratar a las palabras simples, pues a ellas no sólo las admiro y adoro, sino las anhelo y busco incansablemente.

¿Cuántas veces han estado sentados frente a alguien, café en mano, pensando que lo escuchan debe ser una broma de mal gusto...? Esos discursos que parecen libretos aprendidos de memoria, recitados a trancazos y verbalizados sin inflexiones de la voz.  Muy dentro, nuestra mente divaga y elucubramos sobre con cuántas personas practicó lo que estoy escuchando. ¿De veras le dijeron que era creíble la verborrea...?

Las palabras son tesoros que merecen respeto. Si las usas, siéntelas, piénsalas.  Las palabras son como unas manos que no reconoces, que cuando te rozan la piel, te hacen temblar el pecho.  Como cuando estás bailando, y entre giro y giro sientes un hilo transparente tratando de jalarte hacia la otra persona. Eso hacen las palabras - te tiran, te acercan, te tientan, te llaman...

Quiero palabras que me revuelquen.  No quiero palabras comunes, que reconozco de libros de autoayuda donde te dicen verbo a verbo cómo salir de una situación difícil.  Quiero palabras jugadas, arriesgadas, que no les importe un poco de batalla y quieran sólo silenciarse con un beso.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Un pacto de cariño

Hay distintos tipos de pacto: acuerdos de paz, políticos, alianzas de negocio, el mismo matrimonio es uno de esos acuerdos donde se requiere una firma, y la presentación de una cédula que diga que de veras eres quien eres.  Y entre todas las nomenclaturas posibles y las que están por inventarse, hay un tipo de convenio que no tiene descripción específica, pero que es, quizás, el más profundo de todos: el pacto de cariño.

Apelar al afecto toma agallas... No sólo es el hecho de tener que pararte frente a esa persona, mirarla a los ojos y asumir que el sentimiento del otro lado está vivo y latiendo fuerte.  Además tienes que desnudar tu propia alma para que la conversación sea sincera, y sin convertirlo en súplica, penetres las barreras protectoras del otro lado apelando a cierto grado de caridad.

Cuando el acuerdo es para quedarte y amar, es casi una celebración. Pero el pacto de cariño es aquel en que solicitas, con infinita humildad, que te dejen partir.  La asimetría del querer es un hecho de la causa: existe, es y está ahí, siempre.  Si hay afecto y sabes que no hay eco del otro lado, es momento de alejarse. La piel nos exige un amor sano, simple, cómplice.

En un acto (otro más...) de infinita locura y desamarre, uno se atreve a querer.  Pero si en ese camino empiezas a hacerle daño a tus manos porque no pueden moverse con libertad; si censuras los labios porque no pueden actuar en público; si finges demencia porque estás donde no debieras; si decides que es mejor partir... pues el pacto de cariño es el amor de la otra persona de ver ese camino y entender que la distancia es justa, y necesaria.

Me sincero frente a esos ojos, alejo a los fantasmas de mi historia y escucho. Mi alma atenta como perro guardián, analiza. Vuelan por mis oídos las frases llenas de "no puedos" y entonces, entiendo.  Los "te quieros" empapados de destiempos se anulan y desaparecen. Lo pienso, y luego lo escucho mi voz decir: déjame partir.

El alma es un condominio donde uno guarda pedacitos de amor, ternura y abrazos.  El pacto de cariño quedará estampado en uno de esos recovecos.  Me despido y susurro, recordando las páginas de un viejo libro, "cuando contemples las estrellas y se te llene el alma de imposibles, es mi soledad que viene a besarte".

jueves, 20 de octubre de 2011

La locura de su sonrisa

Henri-Louis Bergson lo dijo con mucha claridad: toda risa necesita un eco.  Y como los niños que gritan bajo una cúpula y se silencian para escuchar cómo se devuelve su voz, soy el eco de una sonrisa que descubrí hace muchos años.  

A veces cuando me río, me da la sensación de que no es mi risa sino la de él. Que el reflejo de los ojos y la forma de torcer los labios no es realmente propia, sino una apropiación ilícita de los movimientos de su boca mientras ríe.  

¿Quieren saber cómo es? Ese milagro se hace así...

Primero su rostro baja, sus ojos apuntan a tus ojos y ves cómo se escapa una arruga a los costados cuando se medio cierran como queriendo afinar la vista.  Entonces se separan levemente los labios, casi en signo de sorpresa sin aún sonreír del todo.  Se mueve (siempre) hacia atrás y es entonces se ilumina y suelta la carcajada.  Sin excepción cierra inmediatamente los labios y los mojaba, en un gesto anticuado de aprobación.

Quizás lo más irónico de todo, es que hace muchos años que no veo esa sonrisa. Sólo soy su eco. Esa boca y esos ojos me enseñaron a abrir el alma al arrebato repentino de alegría, a la risa irónica y ácida, a la dulzura de un gesto de los labios.  Por ese regalo tan bello le entregué mis primeras líneas en forma de papelitos que colaba en su billetera.

Hay una fórmula importante en todo esto: la sonrisa, y el recuerdo de su génesis, son parte de la nomenclatura de mi tierra; un trocito del puzzle que estoy tratando de rearmar en el regreso a casa. 

Al recordar la locura de su sonrisa, y anhelar que el tiempo me regale la complicidad de muchas más, me doy cuenta que lo de loca y desamarrada no es de ahorita, sino que se veía gestando hace muchos, muchos años.  Brindo por el que me enseñó a reír, y suplico para arriba que nunca se me olvide cómo hacerlo.

viernes, 23 de septiembre de 2011

No soy de aquí, ni soy de allá...

Sin ánimo de plagiar a Facundo Cabral, imposible no acordarme de él y tararear, cuando partía hace unas horas de Guatemala, la melodía del "no soy de aquí, ni soy de allá..."

Los últimos tres meses prácticamente viví "a tiempo completo" en Nueva Guatemala de la Asunción (así se llama la capital, aunque ese nombre ya ni los propios chapines lo usan...). Cuando la química-farmacéutica del primer piso te saluda por el nombre, el conserje del edificio comenta contigo las noticias de Chile cada vez que te ve... ya estás oficialmente domesticada. Para qué decir cuando te das cuenta que sabes cuánto sale la tintorería en la Calle 10-4 y no lo que te cobran las dos o tres locales que están cerca de tu departamento en Santiago.

El tema es que no puedo sino agradecer profundamente a esa tierra tan bella lo que me dio estos meses.  La gallardía de su gente, su empuje y determinación; su dulzura y esa manera tan especial de acogerte y hacerte sentir que eres importante para ellos. Un verdadero regalo.

Y sin embargo, lo más trascendente del recorrido de estos meses, fue la lección de vida.  Mi capacidad de asombro se puso a prueba, y entre la dicotomía de alegría, música, violencia e injusticia, me di cuenta que Guatemala me estaba enseñando a vivir, tal como lo cantó Facundo Cabral:

No soy de aquí, ni soy de allá,
no tengo edad, ni porvenir
y ser feliz es mi color de identidad

Estoy convencida: una vez que uno sale a vivir fuera del terruño, tu corazón se vuelve gitano. Por más que uno quiera anclarse, a falta de otra locura siento que una energía extraña te tira a seguir experimentando la distancia.

A pesar de lo loca, y definitivamente desamarrada, sigo encontrando tesoros en tierras ajenas, apropiándome de sus sonrisas, y dejando pedazos de mi corazón repartidos.

Me llevo en la maleta las fotos de unos atardeceres divinos, copas conversadas con amigos, y abrazos cómplices... ¿Cómo no ser feliz?

domingo, 11 de septiembre de 2011

Que no se nos olvide el olvido...

Decir que las últimas semanas han sido intensas, es literalmente, quedarse corto en palabras.  Sin embargo, el 11 de septiembre es una fecha marcada por la historia por su intensidad, su crudeza y por las tremendas lecciones de vida que nos ha dado.  Desde el golpe militar en Chile, hasta la caída de las torres en NYC - tantas almas perdidas sin sentido.

De todos el año calendario, este el día en que me cuesta escribir.  Hay huellas y cicatrice que quedan atrás, pero uno simplemente no quiere borrarlas pues de ellas aprendió a vivir. Eso es el 9/11...

Ese día, en Manhattan, escribí esto en una libreta improvisada. Creo que habla más de lo que siento que cualquier cosa que hoy, 10 años después, trate yo de articular:


"Nueva York se transformó de un día a otro en el cementerio más grande a la redonda. La ciudad que amaneció hoy con los ojos apretados, tratando de imaginarse que todo fue un mal sueño; la ciudad amaneció callada, quieta, cerrada, triste, con hombres y mujeres caminando con miradas distraídas, más bien idas hacia un lugar oscuro donde no ven ni sienten nada...

Hoy caminé por las cenizas. Nos acercamos lo máximo posible – no por morbo, sino para despertar de la pesadilla, para decir Dios mío, es verdad, no fue un sueño...

El día amaneció más fresco.  Estaba como un marzo tibio en Santiago.  El metro funcionaba – pero pocos se atrevieron a salir de sus casas.  Algunos se sienten más seguros tras la puerta de sus departamentos.  Otros se sienten mejor llorando a solas.  Otros no quieren verlo porque el sólo sentirlo ya es muy fuerte.

Lo primero que se siente es el olor a quemado.  Un olor que viene a rachas desde las cenizas de las torres.  Caras tapadas con pañuelos y máscaras médicas se empezaron a ver caminando con la mirada perdida por las calles.  Muchos sacaron sus cámaras fotográficas porque necesitaban recordar el horror de esos momentos.  Plasmar la imagen en un papel, plasmar para decir “que no se te olvide la vida, que no se te olvide el odio, que no se te olvide el olvido”.

Que no se te olvide el olvido.  Porque muchos de los que ya no están necesitan que los recuerdes en tus oraciones.  Necesitan aceptar que se han ido.  Necesitan aceptar que han dejado mucho y  muchos atrás; sin despedirse, sin un beso, sin un te quiero.  Ellos necesitan de nuestro amor y nuestra fe para partir en paz – la paz que nosotros no tenemos hoy porque no es posible entender tanta maldad junta..."


Si ha algo que he aprendido y abrazado, es que del dolor siempre nace la fortaleza. No es que el dolor desaparezca, simplemente muta, se absorbe y uno descubre cómo vivir con ese dolor sin que te debite sino todo lo contrario: la conciencia de la fragilidad de la vida, pero de la fortaleza de nuestra alma, hace que nos aferremos a los momentos y las sonrisas; que no perdamos la oportunidad de un te quiero y que nos juguemos la vida no sólo a ratos, sino en cada respiro.


sábado, 3 de septiembre de 2011

De la fragilidad a la fuerza

Hay veces que las palabras construyen; otras veces, se hacen insuficiente. Dejémoslo en sólo un par de líneas: lloramos la ausencia (nos aferramos a no decir aún la partida) de seres especiales que tocaron la vida de muchos. Nos duele, se nos arrancan las lágrimas aunque queremos aferrarnos a la esperanza.
En México, una hermosa mujer maya, de años indescriptibles, me dijo en voz serena que la ausencia no es muerte, es el miedo que tenemos al cambio. Que nuestra única responsabilidad era aprovechar cada segundo, honrar la vida amando la vida; que no podíamos tener miedo a vivir, sino a no vivir amando. 
Toca encontrar la fuerza en la fragilidad de nuestro tiempo en el terruño.  Y aprender a decir hasta pronto...



viernes, 2 de septiembre de 2011

Se ruega tener madurez... (por favor)

Érase una vez que puse esto en otro blog.  Pero la pluma me obliga y va una mirada intensificada (revisé, la palabra sí existe en el diccionario...) de este tema: una sociedad políticamente madura es capaz de entender y aceptar que no todos piensan igual; que hay puntos de vista que tienen el derecho de ser verbalizados a través de los canales atingentes y de la forma correcta.  

Al parecer, nos falta mucho para llegar a esta madurez. Nos ofendemos con mensajes que no son más que opiniones y puntos de vista, a ratos críticos y otros de apoyo, pero miradas que tienen el derecho de ser compartidas.

Nuestra inmadurez es imperdonable.  A quienes les gusta la historia y disfrutan la lectura, o a quienes lo vivieron, recordarán los análisis que señalaron que los discursos exclusivos y excluyentes fueron los que llevaron a este país a terminar con tres opciones políticas irreconciliables. Y eso terminó en una crisis interna de proporciones. No nos hagamos los amnésicos.  La cosa fue así y es bueno asumirla.

Hoy el tema es complejo.  Tenemos a un grupo de "incapacitados en comunicación" que no saben hacer vocería desde el gobierno; se contradicen, son viscerales, sin tener respeto alguno por la disciplina de la imagen pública. Me irrita ver que no entienden que un funcionario público no es un dueño de fundo. El funcionario está expuesto a escrutinio y tiene el deber de transparentarse y articular argumentos. En el fundo, haga usted lo que quiera.

Por otra parte, tenemos a un grupo de jóvenes que no conoció ni se acuerda de la dictadura - vienen sin esa carga en los hombros. Hablan - aprendieron a hacerlo - unos más, otros menos. Argumentan. Se puede discutir si los planteamientos son válidos o no, pero están y resuenan. La cuestión aquí es otra.  Si bien verbalmente son sólidos y consistentes, su lenguaje no verbal violenta, y atenta contra la búsqueda desesperada de paz de quienes vivimos otros tiempos en este país.

Aclaremos.  El lenguaje no verbal es tremendamente importante a la hora de demostrar interés, respeto y foco en lo que se está haciendo.  No sólo es importante lo que decimos sino que físicamente debemos demostrar que estamos dispuestos a avanzar en el diálogo. Veo las noticias y me canso de analizar gestos. El desastre de intolerancia es por lado y lado. Insólito.

Tenemos que aprender a no ofendernos.  Contestemos, con ánimo de tener un diálogo crítico constructivo; analicemos lo que el otro nos plantea y respondamos con la pasión necesaria. Pero tengamos algo claro: todos tenemos derecho a dar opiniones. Eso se llama madurez.  Toda opinión merece respeto: eso también es madurez.  Llegar a acuerdos es signo de que sé comunicar y negociar; eso es, de fondo, madurez. Madurez para comunicar, y madurez para aceptar lo que se comunica.

No haga berrinches.  Comuníquese, que así nadie pierde el tiempo.