martes, 8 de marzo de 2011

Mujeres de Cuerpo y Alma


Siento un afecto especial por algunas cosas, y un cariño inexplicable por algunas personas.  Pero pasión- pasión es una palabra reservada para sentimientos muy especiales.

Siento pasión por la vida.  Lo digo con convicción de espíritu y de pluma.  Y si bien no suelo hacer alarde de las celebraciones internacionales de una y mil cosas, el 8 de marzo es una excusa que no puedo dejar pasar. 

Conozco el dolor de las mujeres que pierden el cuerpo y el alma a la violencia inexcusable del verbo, y al arrebato sin sentido de un puño.

En el día en que el mundo celebra a la mujer, el llamado es a las mujeres para que se celebren a sí mismas. Que se levanten con la fuerza para marginar la violencia de sus vidas, pues no se la merecen. Para que alcen la voz para gritar – sea para espantar al que agrede o para pedir ayuda- pero que alcen la voz.  En el 100º Aniversario del Día Internacional de la Mujer, pido alto y fuerte por las mujeres de cuerpo y alma, las sobrevivientes, las fuertes, las que inspiran, las que se levantaron, las que se dieron cuenta que sienten pasión por la vida, y se aferraron a ella.

viernes, 4 de marzo de 2011

Puntos de inflexión (o la locura de los puntos de cambio...)


A ratos, tras caminar los recovecos de nuestra propia historia, el camino que parecía tan claramente pavimentado de pronto se divide en dos. ¿En qué momento apareció toda esta polvareda? ¿No era que yo ya había arreglado esta parte de la ruta? ¿Dónde está mi equipo de apoyo? Y claro, viene el frío en el cuello, la tensión en la garganta, el peso en los ojos y se nos cae una lágrima: el camino se desarmó y no supimos cómo.

Ese minuto, cuando se nos quiebra el camino, es nuestro punto de inflexión.

En mi cuerpo, yo lo siento en el pecho: esto va a doler; esto me va a quemar. Un pedacito de mí se quedará atascado aquí, en la herida misma del momento donde lo “que yo creía” se convirtió en ajeno para mí. Al eje del camino del cambio, el dolor de la rajadura de nuestra serenidad y nuestros planes no hace sino sangrar profusamente.  No es para menos. Las malditas expectativas que teníamos de nuestra historia súbitamente son arrugadas como partituras desafinadas al primer tacho a la redonda.  Le apostamos a una ruta a seguir, tomamos velocidad, aceleramos… y como en las películas, tenemos que saltar al vacío, mantener el manubrio firme y hacer el acto de fe de saltar aún más rápido para que las ruedas del carro alcancen a llegar al otro lado del puente cortado.

Los puntos de inflexión que se repiten en esta, “la vida bella”, si bien duelen, son de los momentos más potentes. Con su belleza, la vida nos abraza fuerte y nos murmura: “quiébrate, dale, rómpete, prometo recogerte una y mil veces”.  Y es que a diferencia de nosotros, nuestra alma sabe el valor real de cada opción en el camino. Si sólo pudiésemos escuchar esa voz de verdad que está dentro de nosotros mismo, el mundo sería otro.

En estas semanas, han seguido los viajes y cuando miro mi maleta veo el reflejo del punto de inflexión más potente en el último tiempo.  El regreso, el reencuentro… A eso le sumo que por más que quiero evitar ser parte de esos puntos de cambio (es sólo cansancio, no negación, lo prometo…) parece que me rodean seres viviendo en sus propios puntos de inflexión, que caminan en la delgada línea roja entre una vida y otra. Yo los conozco como espectadora de una teleserie dramática y en mi mente la cinta sigue corriendo: ¡por favor tírate a mi lado del camino!

Pero qué decir; los famosos puntos de inflexión no respetan egoísmos personales.  Si, si… efectivamente son insensibles.  No se trata de lo que queremos hacer, se trata de lo que la vida nos pone de frente con intención y alevosía. Generalmente, son dos opciones: o haces lo que se espera de ti (sí, la bendita expectativa) o haces lo que tu alma te dice que hagas.  No, no es crueldad el tener esas dos opciones. La verdad es que si fuésemos hombres y mujeres de sabiduría, sabríamos que sólo siguiendo lo que nos dice el alma cumpliremos la más grande de las expectativas y la única que realmente vale: la que tenemos sobre nosotros mismos.

Benjamin Franklin una vez escribió: “Either you write things worth reading, or you do things worth writing about”.  Cuando nuestra vida la recorremos en el camino pavimentado, hacemos lo primero.  Cuando abrazamos los puntos de inflexión, lo segundo.

Qué diablos. Me encantan las bifurcaciones…

miércoles, 23 de febrero de 2011

La locura original


¿No se han preguntado alguna vez por qué tienen la personalidad que tienen? ¿Cuál fue la moldura original de su carácter? Un amigo, preocupado por mi obsesión tanto por la historia propia como por la común, me “donó” una serie de textos sobre el desarrollo de la personalidad. Una tarde, sentados con el café humeante en la mano, me confesé: “no le creo a tus libros”, le dije, “la parafernalia psicológica que hay ahí no admite que a uno las cicatrices de la vida lo moldean y hasta lo determinan.  Un loco que nace loco no muere siendo el mismo loco que nació; puede que siga loco pero es realmente otro.”

La cuestión es simple: recorriendo las calles de la ciudad que me vio nacer, me doy cuenta que me siento tan extranjera como en otras con las cuales me estaba encontrando por primera vez. Y es que no tiene que ver con el reconocer o no el nombre de la avenida; es más el reconocer el por qué de las risas o interpretar las razones tras los ceños fruncidos de la gente que te rodea. Trato de conectar mis propios desvaríos personales con la gente que veo pasar cerca; en algunas encuentro un recuerdo; en otras, un silencio propio de esos vacíos profundos.  Y de pronto entiendo algo que quizás debí saber siempre: somos producto de nuestra historia en esta y otras vidas. Nuestra locura proviene de la certeza que nos aferramos a las vivencias compartidas, a los dolores mutuos y a las risas cómplices.  Ahí está el origen, la locura original.

Ya con esto en mente, finalmente y tras un recorrido no menor, dejo el status de extranjería en el primer montón de basura que veo, y sonrío. Y es que en el mundo de los que comparten mis pasiones y aprehensiones, no soy un ente ajeno.  Soy de ahí; pertenezco a quienes se alucinan con los ángulos de las sombras; que cuestionan todo sólo porque uno puede; que persiguen la acidez de los comentarios porque son el reflejo de mentes brillantes… Y ya sintiendo que un esbozo de sentido de pertenencia se va asentando en mis zapatos, camino tratando de redescubrir la forma de mis propias pisadas.

Por primera vez en muchos años dejé de sentir que el tener una maleta al lado significa que estoy de viaje. Ahora soy ciudadana del mundo de los locos (mis locos, los locos como yo, claro…). Santiago se abre ante mí como un laberinto que me entretiene el alma, y universo ya me ha regalado el encuentro con seres de mi especie.  Seguro hay más escondidos en los rincones.  Seguro que si no me escondo, ellos también me verán a mí…

martes, 8 de febrero de 2011

El desangre


Buscar inspiración para escribir en un aeropuerto puede ser una de las cosas más bizarras que puede hacer uno.  Pero dadas las circunstancias, aplica.  Fue en el medio de este recinto cuasi hospitalario (¿Han visto las similitudes en la elección de texturas y colores? Es una cosa impresionante…) que hice un hallazgo único en mi propia historia.  Resulta ser que soy mucho más frágil de lo que pensé.  El descubrimiento es escalofriante: me desangro. 

En efecto, no es sólo que sangre; me desangro. El proceso es doloroso, casi un acto de perdón al cosmos que te cobra con espinas cada atentado a la cordura (cosa común en los locos). Es así: se me aprieta el pecho, y cuando cierro los ojos para no seguir llorando, veo (sí, literalmente veo) como el alma con una forma casi etérea se contorsiona para evitar que se le vaya todo el líquido rojo que la hace fuerte. Y el rojo se desparrama por todo el cuerpo; tiemblan las rodillas y las manos se vuelven inútiles. Ni qué decir de la voz – desaparecen las palabras, como si por una cuestión de sabiduría de la naturaleza te quedas mudo y sólo hablan los ojos.

Yo me creía fuerte. Y resulta que la cosa no es así. Vaya uno a entender esto a estas alturas…

Me desangré en el aeropuerto.  He partido muchas veces, y aunque suene como canción, esta vez, por primera vez, el sangrado fue desangre. Las separaciones son difíciles, pero te fortalecen.  Sin embargo, esta vez tuve la certeza que esto era el cierre de un ciclo – el comienzo de una vida nueva anunciada con bombos y platillos, precedida por un acto de sacrificio. Así como las semillas, nos negamos (me niego) a entender que para poder nacer hay que morir.

La última despedida fue la más difícil. Ya de frente a la puerta de migración, recordaba las palabras de mi cómplice de locuras, Ele, que con toda la sabiduría de quienes entienden y viven estas cosas, sólo me dijo: “fuerza, nada más fuerza”. Pero despedirme fue el momento cúlmine de mi desangrado. ¿Cómo da uno las gracias, en sólo minutos, por años de cariño y contención? ¿Cómo profesas lealtad dentro de tu propia locura? ¿Cómo haces desaparecer las cordilleras de distancia para decir que siempre vas a estar cerca?

Y entonces recordé las palabras del más loco de los sabios: “El retirar no es huir, ni el esperar es cordura, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza” (El Quijote de la Mancha).

Una parte de mí se aferra al Quijote, y es en la calidez de la locura de sus palabras que me arrullo en el medio del aeropuerto esperando tener la templanza para no soltar mi frasquito lleno de esperanza.

martes, 25 de enero de 2011

Las fórmulas de la felicidad (y de la locura)


Érase una vez… el día que perdí la poca cordura que me quedaba.  Sin saber cómo, me vi parada e inmóvil frente a la pizarra blanca y limpia de mi oficina (lugar en el que hasta hace poco fingí con dotes histriónicos increíbles estar adaptadísima al mundo corporativo…) con la mente absolutamente en blanco. Si hubiese estado meditando, eso hubiese sido cosa buena.  Pero era todo lo contrario.  Sobre mi lista de pendientes aparecían como monstros animados, violentos y lapidarios, las letras de la palabra “propuesta para hoy” (en rojo y con destacador amarillo, claro…).

Llevaba exactamente diez días viviendo en un país donde todo lo que mis labios probaban, ardía (sí, la autoflagelación por el picante se volvió adictiva, pero eso es tema distinto…) y aún no lograba digerir ni el sistema, ni la gente, ni el lenguaje.  En ese estado de desconexión tan absoluta, mi mente divagaba en cómo pararme frente a respetados directores de empresa y decirles en mi acento chileno con fuerte influencia cubana que fueran “bien lindos” y confiaran en mí…

Y entonces sucedió: fórmulas; letras y números.  En estado catatónico tomé un plumón y en mi mente, asigné una letra a cada asunto/personaje que debía involucrar en el plan. Y comencé a escribir fórmulas.  Desde lo básico (A+B, alianza estratégica básica) hasta las más elaboradas (si la elevabas a la potencia por un negativo era generar desinterés, mientras un positivo era fidelización y así sucesivamente…).  En un momento, entre todos esos garabatos, ahí estaba: mi plan.

Las fórmulas se transformaron en un hábito, en una locura necesaria. Me volví creyente en los logaritmos, las proporcionalidades, las potencias, las fracciones y hasta del binomio de Newton. En la incomprensible maraña de mi mente, el tener una fórmula me hacía sentir más segura: yo no lo estaba inventando – esto era matemática, eran fórmulas, era de verdad, verdadísima. Era mi droga, y funcionaba bien.  Y es así como salía siempre con un papelito arrugado en mi bolsillo:


Es increíble como el hecho de sentirse desasociado completamente de tu entorno, obliga a la mente y al alma a buscar fórmulas para sobrevivir.  Mientras la mente abraza los esfuerzos de adaptación, el alma se queja, refunfuña, grita, llora, sangra y luego se ríe de la propia ingenuidad.

Hace unos días, tomé la pluma y frente a un papel grisáceo tuve la intención de buscar el algoritmo de mi templanza; de la serenidad que necesito para vivir estos días en que dejo mi autoexilio y vuelvo a una tierra que es mía pero que no conozco (y a ratos, tampoco entiendo). 
Y lo único que me salió fue esto: A⅍… Amor por mi locura, elevado al amor por los locos de mi vida y segmentando con la búsqueda de una soledad compartida. Ahí vamos…

viernes, 21 de enero de 2011

Vivir sin cura y brindando por esta enfermedad


Hace bastantes años atrás miraba por la ventana de mi habitación, en un piso 9 en San Telmo, en Buenos Aires y veía el río, el Río de la Plata y me preguntaba a mí misma, dónde estarán los barcos, los barcos que me lleven a casa -donde quiera que casa esté-. Dónde estarán los puentes, los puentes que unen las tierras.

Luego vi barcos y vi puentes.  Habité casas.

Algo que no puedo definir me une a la idea del partir, del irme y del llegar. El mundo y su gente siempre se han presentado ante mí invitadores. Las geografías, atractivas también, no han tenido tanto peso en mi vida como las personas y las moradas que encontré en el camino. Los hogares que me abrigaron y han contenido un alma inconformista que enfermamente busca y que no se deja y no quiere ser curada de la ansiedad que estas búsquedas implican, tampoco han podido detener estos pies exploradores y estas zapatillas sedientas de eso, de vos y de aquello.

Sin cura, repito hasta el cansancio y sin susto, me he embarcado a viajar la vida, haciéndole frente al miedo (como diría Marce) porque para estos andares, hace falta tirarse de cabeza sin que importe lo que hay debajo: porque un loco, se tira creyendo que  debajo hay aguas cálidas…amnióticas. 

Sin cura y sin remedio entonces, con los bolsillos vacíos de pócimas y polvos mágicos hoy vuelvo al sur, como dice el tango, volvemos al sur, a nuestros sures, que comparten latitudes, pero no longitudes.

Eso sí, vuelvo –volvemos-, pero sin detener el paso. Enferma y sin cura la búsqueda progresa y, si he de brindar alguna vez por una enfermedad, seguramente lo haré por esta, pues los pasajes más oscuros de mi vida han estado relacionados con no saber que buscar y quedarme quieta, a la orilla del camino, sin más cobija que unas dudas enmohecidas.

jueves, 20 de enero de 2011

Los locos también lloran


En estos días, las circunstancias de la historia propia y compartida (nada más y nada menos que con la propia Ele) y el impulso del planeta nos ha puesto a tomar decisiones fuertes  - esas movidas “literales” de piso.  Esas en las que te despiertas un día, y ya no estás en el mismo mundo: cambiaron colores, sabores y sinsabores, formas y fondos.  Los cambios de terruño son así – son pequeñas muertes, y a su vez, pequeñas resurrecciones.

Pero para poder vivir estos momentos con la intensidad y lucidez suficiente, es imperativo (me lo repito siempre en voz alta) no tener miedo.  Y es que si una cosa me enseñaron estos años fuera, es que el miedo es el pecado capital número uno. Si hubiese tenido miedo, ni mis pies ni mi mente se hubiesen subido a esos aviones, aventado a ciegas a esos extraños parajes ni sobrevivido a las numerosas y reiteradas perdidas por calles extrañas llenas de raras e incomprensibles señaléticas.

El miedo es el simple pánico a desnudarse frente a uno mismo; admitir que hay rincones inexplorados de nuestra propia piel a los que no nos atrevemos a llegar. El exilio, en todos sus formatos, te obliga a asumir que somos seres con sangre en las venas. Y valga la redundancia, sangramos… Las cosas nos duelen; lloramos y tenemos unos bajones feroces.  Pero eso es sólo una señal de que estamos vivos, que nos atrevemos a sentir, a querer, a enamorarnos (de lugares y rostros…) y estamos dispuestos a recoger los pedazos del corazón partío’ porque al final del día, es vivir lo que mañana puede no estar.

No damos nada por sentado. Todo se valora en el minuto en que se vive.

Y así, asumiendo el acto de locura profunda e irreversible que implica dejar todo y partir, partimos… Cada una a su tierra (tierras hermanas, nuestras tierras).  Nos tiemblan las rodillas, pero tenemos una certeza: la vida no se planifica, se vive.  Sólo los cobardes se atan a esquemas preestablecidos de los tiempos y formas en las que uno hace o deja de hacer algo.  La belleza de la locura es descubrir que aún tenemos capacidad de asombro, si dejas que la vida te sorprenda.

Y por eso volvemos a casa.