domingo, 11 de septiembre de 2011

Que no se nos olvide el olvido...

Decir que las últimas semanas han sido intensas, es literalmente, quedarse corto en palabras.  Sin embargo, el 11 de septiembre es una fecha marcada por la historia por su intensidad, su crudeza y por las tremendas lecciones de vida que nos ha dado.  Desde el golpe militar en Chile, hasta la caída de las torres en NYC - tantas almas perdidas sin sentido.

De todos el año calendario, este el día en que me cuesta escribir.  Hay huellas y cicatrice que quedan atrás, pero uno simplemente no quiere borrarlas pues de ellas aprendió a vivir. Eso es el 9/11...

Ese día, en Manhattan, escribí esto en una libreta improvisada. Creo que habla más de lo que siento que cualquier cosa que hoy, 10 años después, trate yo de articular:


"Nueva York se transformó de un día a otro en el cementerio más grande a la redonda. La ciudad que amaneció hoy con los ojos apretados, tratando de imaginarse que todo fue un mal sueño; la ciudad amaneció callada, quieta, cerrada, triste, con hombres y mujeres caminando con miradas distraídas, más bien idas hacia un lugar oscuro donde no ven ni sienten nada...

Hoy caminé por las cenizas. Nos acercamos lo máximo posible – no por morbo, sino para despertar de la pesadilla, para decir Dios mío, es verdad, no fue un sueño...

El día amaneció más fresco.  Estaba como un marzo tibio en Santiago.  El metro funcionaba – pero pocos se atrevieron a salir de sus casas.  Algunos se sienten más seguros tras la puerta de sus departamentos.  Otros se sienten mejor llorando a solas.  Otros no quieren verlo porque el sólo sentirlo ya es muy fuerte.

Lo primero que se siente es el olor a quemado.  Un olor que viene a rachas desde las cenizas de las torres.  Caras tapadas con pañuelos y máscaras médicas se empezaron a ver caminando con la mirada perdida por las calles.  Muchos sacaron sus cámaras fotográficas porque necesitaban recordar el horror de esos momentos.  Plasmar la imagen en un papel, plasmar para decir “que no se te olvide la vida, que no se te olvide el odio, que no se te olvide el olvido”.

Que no se te olvide el olvido.  Porque muchos de los que ya no están necesitan que los recuerdes en tus oraciones.  Necesitan aceptar que se han ido.  Necesitan aceptar que han dejado mucho y  muchos atrás; sin despedirse, sin un beso, sin un te quiero.  Ellos necesitan de nuestro amor y nuestra fe para partir en paz – la paz que nosotros no tenemos hoy porque no es posible entender tanta maldad junta..."


Si ha algo que he aprendido y abrazado, es que del dolor siempre nace la fortaleza. No es que el dolor desaparezca, simplemente muta, se absorbe y uno descubre cómo vivir con ese dolor sin que te debite sino todo lo contrario: la conciencia de la fragilidad de la vida, pero de la fortaleza de nuestra alma, hace que nos aferremos a los momentos y las sonrisas; que no perdamos la oportunidad de un te quiero y que nos juguemos la vida no sólo a ratos, sino en cada respiro.


sábado, 3 de septiembre de 2011

De la fragilidad a la fuerza

Hay veces que las palabras construyen; otras veces, se hacen insuficiente. Dejémoslo en sólo un par de líneas: lloramos la ausencia (nos aferramos a no decir aún la partida) de seres especiales que tocaron la vida de muchos. Nos duele, se nos arrancan las lágrimas aunque queremos aferrarnos a la esperanza.
En México, una hermosa mujer maya, de años indescriptibles, me dijo en voz serena que la ausencia no es muerte, es el miedo que tenemos al cambio. Que nuestra única responsabilidad era aprovechar cada segundo, honrar la vida amando la vida; que no podíamos tener miedo a vivir, sino a no vivir amando. 
Toca encontrar la fuerza en la fragilidad de nuestro tiempo en el terruño.  Y aprender a decir hasta pronto...



viernes, 2 de septiembre de 2011

Se ruega tener madurez... (por favor)

Érase una vez que puse esto en otro blog.  Pero la pluma me obliga y va una mirada intensificada (revisé, la palabra sí existe en el diccionario...) de este tema: una sociedad políticamente madura es capaz de entender y aceptar que no todos piensan igual; que hay puntos de vista que tienen el derecho de ser verbalizados a través de los canales atingentes y de la forma correcta.  

Al parecer, nos falta mucho para llegar a esta madurez. Nos ofendemos con mensajes que no son más que opiniones y puntos de vista, a ratos críticos y otros de apoyo, pero miradas que tienen el derecho de ser compartidas.

Nuestra inmadurez es imperdonable.  A quienes les gusta la historia y disfrutan la lectura, o a quienes lo vivieron, recordarán los análisis que señalaron que los discursos exclusivos y excluyentes fueron los que llevaron a este país a terminar con tres opciones políticas irreconciliables. Y eso terminó en una crisis interna de proporciones. No nos hagamos los amnésicos.  La cosa fue así y es bueno asumirla.

Hoy el tema es complejo.  Tenemos a un grupo de "incapacitados en comunicación" que no saben hacer vocería desde el gobierno; se contradicen, son viscerales, sin tener respeto alguno por la disciplina de la imagen pública. Me irrita ver que no entienden que un funcionario público no es un dueño de fundo. El funcionario está expuesto a escrutinio y tiene el deber de transparentarse y articular argumentos. En el fundo, haga usted lo que quiera.

Por otra parte, tenemos a un grupo de jóvenes que no conoció ni se acuerda de la dictadura - vienen sin esa carga en los hombros. Hablan - aprendieron a hacerlo - unos más, otros menos. Argumentan. Se puede discutir si los planteamientos son válidos o no, pero están y resuenan. La cuestión aquí es otra.  Si bien verbalmente son sólidos y consistentes, su lenguaje no verbal violenta, y atenta contra la búsqueda desesperada de paz de quienes vivimos otros tiempos en este país.

Aclaremos.  El lenguaje no verbal es tremendamente importante a la hora de demostrar interés, respeto y foco en lo que se está haciendo.  No sólo es importante lo que decimos sino que físicamente debemos demostrar que estamos dispuestos a avanzar en el diálogo. Veo las noticias y me canso de analizar gestos. El desastre de intolerancia es por lado y lado. Insólito.

Tenemos que aprender a no ofendernos.  Contestemos, con ánimo de tener un diálogo crítico constructivo; analicemos lo que el otro nos plantea y respondamos con la pasión necesaria. Pero tengamos algo claro: todos tenemos derecho a dar opiniones. Eso se llama madurez.  Toda opinión merece respeto: eso también es madurez.  Llegar a acuerdos es signo de que sé comunicar y negociar; eso es, de fondo, madurez. Madurez para comunicar, y madurez para aceptar lo que se comunica.

No haga berrinches.  Comuníquese, que así nadie pierde el tiempo.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Las colinas que no quiero


A ratos simplemente hay muchas cosas que asimilar.  No es que no crea que no tenga la fuerza para hacerlo, pero cuando veo la colina frente a mí, me cuesta visualizar la sensación de libertad que se siente al llegar, y sólo prejuzgo el dolor de mis músculos tratando de resistir con algo de dignidad la escalada.

Los retos que nos pone la vida son así; caminatas en pendiente. Cuando crees que todo está tomando su curso, o al menos acercándose a él, te encuentras con otra esquina y otro punto de inflexión.

Lo irónico es que mis colinas (las que aparecen frente a mí sin darme ni cuenta), todas me obligan a alejarme, dejar, soltar, zafar… Cuando lo que más quiero es aferrarme a la tierra y a la piel, sólo porque el corazón me lo manda, aparecen estos cerros y la voz de la sensatez que me dice que debo alejarme, una vez más.

Claro, hay lejanías que no son negociables. No estoy dispuesta a dejar mi nuevo refugio, ni la cercanía de mi tierra. Pero alrededor mío muchos parten, migran, así como yo lo hice hace doce años. Ahora les toca a ellos, ahora me quedo yo mirando como parten en vuelo con el corazón medio entero (o medio roto, como se quiera ver…). 

Hay otras distancias que las manda el alma. Más bien las acata, porque a mi corazón no le gustan las despedidas.  Quiero gritar que es injusto; que no tengo por qué entender las cosas ni las situaciones con sensatez; que esta vez me toca a  mí aferrarme; que no quiero soltar; que esta vez, como dice la canción, "quiero paz, quiero una pausa, quizás morir de amor en tu mirada...".

Donde manda la Sra. Vida, no mando yo.  Donde manda mi Sra. Alma, tampoco.  Así sacando las cuentas, mejor me hundo profundo en mi propia locura porque sólo así, puedo andar desamarrada por todas partes sin que nadie me diga nada.

domingo, 14 de agosto de 2011

Lo que vale la pena...

Si me hubiesen preguntado hace seis meses, les habría dicho que todo lo que quería (con desesperación) era reconocer las calles de mi ciudad y encontrar mi refugio en medio de mi gente. No tenía idea que la historia era otra; que el aprendizaje era diferente y que la mirada iba a ser nuevamente lejana, al menos por un tiempo.

He vivido unos meses, intermitentemente, más en Guatemala que en Santiago.  Y he aprendido infinidad de esta gente tan guerrera y tan valiente, que se levanta a cambiar el mundo todos los días a pesar de la violencia, la injusticia, la irreverencia, el abuso... A los guatemaltecos les importa su tierra - se aferran a lo que aman porque entienden que si ellos no se revelan, nadie más lo hará por ellos.

Los casi cuatro meses que vivido aquí (¡entre idas y venidas suma un resto de tiempo...!), me han hecho cuestionar qué es lo realmente importante: si las divagaciones personales sobre el alma, o la lucha contra el crimen organizado, la impunidad y el hambre. Suena histriónico cuando se lee... pero la interpelación personal es muy real.  En este país esas palabras tiene rostro, y uno los ve caminando por la calle, todos los días.

Si uno pone las cosas en balance, el asunto es más simple: la actitud que uno tiene hacia la vida, es el fundamento de nuestro camino personal. Si me importa poco lo que le pasa en mi tierra, probablemente no soy capaz de ver la tristeza en los ojos de quien vive conmigo.  Si me es indiferente lo injusto, me perdonaré unas cuántas mentiras blancas para no desordenar la pseudo tranquilidad que existe con aquel que comparto las sábanas.

Uno es lo que es, sencilla e irrefutablemente. Las inconsistencias nos hacen débiles y poco creíbles. La apatía hace que no nos corra sangre por la venas y en vez de tener las agallas para llorar, hagamos una risa burlona que intenta reflejar ironía de forma ineficiente.

Hay que jugársela por la pluma irreverente que reafirma - o más bien comprueba - quien realmente somos. Como dice mi padre (quien es por cierto, mi mejor amigo...), la intolerancia debe ser hacia la estupidez y la falta de cojones, venga de donde venga.


sábado, 9 de julio de 2011

¡Que no nos callen el canto...!

La violencia nos indigna, mata, carcome y duele. Sangramos profusamente y sentimos cómo se nos va de las venas el rojo de la vida. Las lágrimas no se sostienen en nuestros ojos y sin importarnos la hinchazón y el cansancio propio del llanto, nos desbordamos en un intento por entender qué fue lo que pasó.

Mataron a Facundo Cabral. Pero que no nos maten el alma, ni el canto. Que no nos maten la valentía de seguir como Quijotes peleando por un mundo en el que valga la pena vivir; donde la capacidad de asombro no se pierda, donde nos levantemos en armas cuando alguien o algo toca o simplemente roza el derecho a la vida de otro.

El miedo nos congela porque nos convence de que ese frío nos calará los huesos y que si nos movemos, perderemos la pelea por continuar respirando. El miedo no sabe que igual como el hielo, se derrite. Se desvanece con nuestra ira que llena de calor nuestra piel y nos moviliza a no olvidar y gritar tan fuerte que nos escuchen en todos los idiomas.

Guatemala, México, Venezuela y el mismísimo Chile. No permitan que nos callen el canto.

lunes, 20 de junio de 2011

Kamikaze, o el viento divino

Los silencios no son gratuitos. Son necesarios, pero no voluntarios per se.  Escribir es una necesidad vital para un ser como yo, que en medio de kilos de timidez e introversión usa la pluma como una válvula de escape para todo el universo de aciertos y absurdos que tiene en la cabeza.  Compartir el retrato de una risa o del llanto - en especial cuando conecta con otra persona - me hace agradecer infinitamente el tener el valor para saber que estoy un poco loca, y así todo, andar por la vida desamarrada.

La ausencia de las últimas semanas fue producto de un par de invasiones. La historia sería digna de una película si fuera un ataque extraterrestre, o de espíritus, o de alguna quimera que permitiera escribir un guión que fuese, al menos, digno. Sin embargo, se trata de algo de mucho menos glamour, de mayor frecuencia y definitivamente, de infinita estupidez: la invasión de lo privado.

Phillipe Ariés fue un historiador francés que impulsó junto a otros el nacimiento de la historia de la vida privada.  En su infinita solidez intelectual entendió que el estudio de las mentalidades hablaba más de lo que somos que una lista de fechas de batallas o la descripción eterna de filosofías políticas. Sin embargo, casi cien años después, miramos nuestra propia historia y lo único que queremos es protegerla de aquellos que quieren escudriñar más allá de los candados que nosotros mismos hemos establecido.  Hay seres que simplemente no entienden que "la delgada línea roja", sí existe.


No les contaré el relato de la batalla. Aquí seguiré la línea de Ariés y sólo les contaré el sentimiento; las divagaciones de la mente.  Nadie, sin excepción, tiene derecho a irrumpir en los espacios individuales, ni con la espada del verbo o ni con la daga de la pluma para comentar, opinar o exigir explicaciones.  Todos tenemos derecho a espacios propios. Y cuando compartimos algunas ventanas de nuestra casa interior, esperamos que la fiesta se haga en los espacios compartidos y no más allá.  


Las invasiones de las últimas semanas generaron pérdidas importantes: mi pluma se trabó durante bastantes lunas; el miedo de escribir algo y generar en otra persona el deseo de un ataque de trincheras congeló mi teclado y no me dejó escribir palabra. Locuras compartidas en ese espacio privado con otra persona fueron invadidas, y a pesar del respeto y cariño, los daños personales en esa pasada fueron invaluables.


Como siempre y como en todo, uno se levanta. Aprende no de sus errores (eso es un mito, el ser humano por naturaleza repite dolores...) sino del alma que te susurra la receta para romper el miedo y la tristeza provocada por aquellos que no respetaron lo privado.

Mi alma y yo hicimos un pacto de domesticación hace un tiempo, así que nuestro diálogo es bastante más fluido que antes.  Esta vez, fue categórica: kamikaze, literalmente, significa "viento divino". En el planeta de la locura y el desamarre, la pluma es el viento y lo compartido lo hace divino.  Es mejor morir kamikaze de lo compartido que con la soledad de una puerta de hierro que se oxida de nunca abrirla.

Y bueno, por eso, aquí estamos.